Un coche que nada
en los cimientos de las praderas.
mientras la primavera se filtra
en los circuitos desintegrados de ónice.
El deseo se arremolina al amianto,
de los pretéritos destinos,
al margen,
como el aliento diferencial,
la vida quiebra el cieno de los tornados helicoidales.
La embarcación amola el estío,
hoja roma e inservible,
esteril como las alondras que se envisten
en chinches que desgastan las tumbas
desde las alturas.
Seremos sombras
en los derrubios de esos nichos,
brillantes como un flanco
henchido de anatemas,
joviales como estelas,
mancillaremos los lagos,
para que se pudran las carpas.
Nada.
impedirá
que me enroque
como siempre.
Como mies temblorosa
rivaliza sin pasión
con el océano de los Atlantes.
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